CHALEMORVAN
Muy poco se dan seminarios concernientes a como la humildad tiene incidencia determiannte en el comportamiento, la empatía , en las relaciones. En los seminarios que uno ha asistido se manifiesta mucha ausencia por parte de los facilitadores en abordar este tema que es sumamente intersante en pro del crecimiento personal y espiritual.

La humildad hay que cultivarla, adentrarse en su esencia e impregnarse de su magia, de esa energía transformadora en armonía, empatía, sobriedad.
He aquí, algunos destellos de la humildad que pueden ayudarnos a crecer y determinar su alcance :

  • El verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender cada vez más. En su comprensión considera que el camino de la sabiduría es casi infinito, por lo cual, no corresponde en ninguna etapa de nuestro desenvolvimiento presumir de sabios o eruditos. La humildad como conciencia de nuestra falibilidad esencial nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo su camino de progresión espiritual, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero. Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y sufrimientos.
  • La humildad no es una virtud reconocida como tal en todos los sistemas filosóficos. Más aún, en no pocas filosofías se le ha cuestionado hasta el punto de considerarla un vicio en la medida en que representaría una debilidad para afirmar el propio ser, sin embargo, desde la perspectiva de la evolución espiritual, la humildad es una virtud de realismo, pues consiste en ser consciente de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que no somos y de lo que no podemos llegar a ser. Es decir, es la sabiduría de aceptar nuestro real nivel evolutivo. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón ni Aristóteles) elogiaron la humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser humano.
  • Los verdaderos maestros de la sabiduría mística del Oriente ascendieron a sus más altos niveles de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres universales al fundirse con el río del cosmos. Pero para todos ellos los primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad. Más aún, la humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la lectura, del diálogo con sus condiscípulos o de la investigación personal. La mente humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie.
  • El verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender cada vez más. En su comprensión considera que el camino de la sabiduría es casi infinito, por lo cual, no corresponde en ninguna etapa de nuestro desenvolvimiento presumir de sabios. La humildad como conciencia de nuestra falibilidad esencial nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo su camino de superación personal, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero
  • La humildad se encuentra en un vasto océano de aguas tranquilas que fluyen en la profundidad. En lo profundo yace la autoestima. Al principio, adentrarse en el océano es como viajar a una zona desconocida de inmensa oscuridad. Pero, así como explorar puede llevar a descubrir tesoros enterrados, en la búsqueda del mundo interior se pueden encontrar joyas enterradas en las profundidades de uno mismo. Y la joya que está enterrada en lo más profundo, la que más brilla y más luz da es la humildad. Sus rayos penetran en los momentos más oscuros. Elimina el miedo, la inseguridad y abre a la persona a las verdades universales.

  • Ser humilde no es desvalorizarme o fingir no ser nada; es, simplemente ser quien soy, sin añadir ni quitar nada, me guste o no me guste. Es necesaria mucha humildad para hablar con naturalidad de las propias cualidades, así como para revelar a los demás mis aspectos menos brillantes. De este modo, no muestro una imagen, sino mi personalidad real, y puedo ir poco a poco creciendo en autenticidad. Cuando no soy veraz conmigo mismo estoy construyendo mi vida al margen de mi realidad, es decir me estoy poniendo máscaras, y esto es completamente opuesto a la humildad, que es la aceptación de la verdad. Cuando soy humilde reconozco quien soy, me reconozco a mí misma, cuando soy humilde acepto mi ser .

  • Aprende del agua porque el agua es humilde y generosa con cualquiera, aprende del agua que toma la forma de lo que la abriga: en el mar es ancha, angosta y rápida en el río, apretada en la copa, sin embargo, siendo blanda, labra la piedra dura. Aprende del agua que por graciosa se te escurre entre tus dedos, tan graciosa como la espiga que se somete
    a los caprichos del viento y se dobla hasta tocar con su punta la tierra, pero pasado el viento la espiga recupera su erguida postura, mientras el roble, que por duro no se doblega, es quebrado por el viento.
    Se blando como el agua para que el Señor pueda moverte graciosamente en cumplimiento de tu destino, y serás eterno como EL, porque sólo el que se
    deja trascender por lo trascendental será trascendente

  • Ser humilde no se lleva, ni ahora ni nunca. Incluso ha sido explícitamente denostada por algunos filósofos como Nietzsche, que la tildaba de virtud de los esclavos y el mismo Kant decía, refiriéndose a ella, que el que se transforma en gusano no debe quejarse si lo pisan. No debemos confundir humildad con debilidad, toda virtud es fuerza. A mí que ando muy falto de ella (y esto no es falsa humildad), sí me gustaría tenerla porque prefiero la sencilla humildad del hombre bueno que la arrogancia del prepotente.

    La persona que la posee de nada se vanagloria, ni siquiera de la propia humildad porque si dijera "¡qué humilde soy!" estaría paradójicamente negando lo que afirma. El humilde es consciente de sus límites y se sabe incompleto. Además es la virtud que nos aleja del narcisismo, todo un trastorno en cualquier personalidad. Dicen que toda virtud está en el término medio, quizás sea mejor la imagen de que toda virtud es una cima entre dos valles que serían sus extremos. Así, la ausencia de humildad sería el orgullo vanidoso mientras que el exceso de humildad sería la indignidad, el considerarse despreciable, menospreciarse y carecer de compasión hacia sí mismo.