LA TRASCENDENCIA DE LA HUMILDAD
CHALEMORVAN
Ser humilde es una gran virtud, porque se libera de las enrrederas que el ego forma en nuestras acciones, nos contamina y hace que nosanclemos enla vanidad, afectando el concepto correcto de lo que debe ser el orgullo.
Muy difícil encontrar a personas humildes, si usted lo es lo felicitamos, porque es una virtud extraordina, que pos su propia esencia, le manifiesta libertad, ausencia de deformaciones que de no estar atentos en los que ellas cuasan, los resultados afectarán nuestra conducta, comportamiento.
Muy intersante lo que se ha escrito de ella en un blog, diario vasco.com.La humildad es una escasa virtud al alcance de todos. Es virtud sublime que se predica, pero no se practica. La humildad es hermana de la verdad, porque la verdad se busca con humildad. Para llegar al conocimiento sólo hay el camino de la humildad. Pero cuidado, no hay peor soberbia que pretender ser tenido por humilde. El auténtico humilde no sabe que lo es.Mientras el orgullo nos separa a las personas, la humildad nos une. Es fácil sentirnos humildes: basta levantar la vista hacia la bóveda celeste cualquier noche estrellada. Así es inmediato deducir: De Dios hablemos con fe; del prójimo, con caridad; y de nosotros, con humildad. Nunca nadie parece tan grande como cuando confiesa su pequeñez, ni para nada se necesita más fuerza que para ser humilde.
Humildad y paciencia, ambas van por la misma senda. La humildad conduce a la grandeza. Cuanto más humildes nos sentimos, tanto más cerca percibimos la grandeza. La humildad es ese tenue hilo con el que nos encadena la gloria. El acto de más insigne humildad es trabajar en la rutina de nuestra existencia. Tratando las cuestiones corrientes con sencillez, las materias humildes con delicadeza y las cosas importantes con solemnidad.
Humildad no significa desvalorización. Tomar conciencia de las capacidades propias es compatible con la humildad. La persona humilde sabe que nunca ha hecho lo suficiente y siente la responsabilidad de hacer más, y por ende de superarse. Manteniendo una saludable autoestima no se necesita la alabanza ajena. La vanidad es un desesperado intento de escapar de una percepción de inferioridad o de vacuidad.
Quien aprende a ser humilde, logra una vida feliz. Con humildad se desarrolla la capacidad de admitir los errores, y la crítica se entiende como un cauce de crecimiento. Con humildad es fácil perdonar y apreciar lo que tenemos, tomando conciencia de que todo es un regalo. El poeta León Felipe lo describió: “Así es mi vida, piedra, como tú; como tú, piedra pequeña; como tú, piedra ligera; como tú, canto que ruedas, por las calzadas, y por las veredas; como tú, guijarro humilde de las carreteras;...”.
Se ha comentado también, que la humildad no es una virtud reconocida como tal en todos los sistemas filosóficos. Más aún, en no pocas filosofías se le ha cuestionado hasta el punto de considerarla un vicio en la medida en que representaría una debilidad para afirmar el propio ser. Como en todo, la verdad es muy simple, una única virtud puede llevarnos al vicio, y por ello, todas y cada una de ellas tienen que ir acompañadas de su hermanas mayores y en muchos casos de las menores. Desde la perspectiva de la evolución espiritual (y en cada ocasión concreta acompañada de las otras herramientas universales que correspondan) la humildad es una virtud de realismo, pues consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia. Más exactamente, la humildad es la sabiduría de lo que somos. Es decir, es la sabiduría de aceptar nuestro nivel real evolutivo. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón ni Aristóteles) elogiaron la humildad como una virtud digna de practicarse, ya que nunca llegaron a desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser humano. En Occidente, es sólo a partir del advenimiento del cristianismo que esta virtud llegar a ser considerada el fundamento imprescindible de toda moral cristiana. Es por ello que para Nietzsche, que no comulgaba precisamente con dicha doctrina, la humildad no puede significar más que una bajeza, una debilidad de instintos propia de quien actúa inspirado por una moral de esclavos. Para su idea moral del superhombre, en cambio, a la sombra de la humildad hay que oponer la claridad de la altivez, tan alabada por los griegos y desde luego, por Nietzsche. La verdad de este dilema, sin duda, se encuentra en nuestro interior. Sin embargo, la filosofía de Oriente, que ha alcanzado un desarrollo espiritual mucho más significativo que la de Occidente, nunca dudó en asignarle un papel relevante dentro de las virtudes del sabio. Así, los verdaderos maestros de la sabiduría mística del Oriente ascendieron a sus más altos niveles de conciencia trascendiendo su ego, transformándose en seres universales al fundirse con el río del mundo. Pero para todos ellos los primeros peldaños del sendero estuvieron hechos de humildad.
agrega proyectopv.or. quemás aún, la humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la meditación, del diálogo con sus semejantes o de la investigación personal. La mente humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie
