DECADENCIA DE LA HEMOGENIA DE LOS ESTADOS UNIDOS

CHALEMORVAN
Estados Unidos definitivamente pasa por una crisis en donde pareciera su hemogenía estar en decadencia, tal como se vislumbra desde afuera del país, y cuando se siente ya las reacciones, como las del Continente Latinoamericano y parte de Centroamérica de no querer depender más de la manera como manifiestan sus actividades con lo que denominan el Imperio.
Países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, aún Argentina, así como Nicaragua, concretamente el ALBA, se rebela ya contra el Imperio y denuncia todos los atropellos que Estados Unidos le ha originado por años, Consideran que es tiempo de decir basta y emprender su despegue con otra visión, menos dependencia capitalista, hasta el extremo que Bolivia y Venezuela se han identificado con el Socialismo.
Lo cierto, que día a día se leen, se observa en los medios de comunicación las protestas, denuncias que hacen los países citados con respecto a la posición del denominado Imperio con respecto a los países menos favorecido. Venezuela, desde luego, ocupa un lugar privilegiado en la protesta puesto Estados Unidos requiere para su desarrollo del petróleo, dado a las ventajas geográficas y a los convenios de comercialización al respecto.
Tal como lo señala herramienta. com. ar. sabemos que un país, para ser hegemónico, debe concentrar un liderazgo mundial productivo, comercial, financiero, militar e ideológico, que permita que su poder sea visto como indiscutido y consensual. A partir de 1967, estas diversas dimensiones de hegemonía han sido desgastadas o deterioradas, aunque con ritmos diferenciados y desiguales. En el plano productivo y comercial, la crisis de hegemonía se manifestó en el traslado del dinamismo económico al Este de Asia. En los años 70, ese traslado se realizó principalmente a favor del Japón, Taiwán y Corea del Sur; y en los ’80 y ’90 se consolidó, al extenderse a China y la India. Para contener el reajuste de su posición financiera en relación con la economía mundial, la burguesía norteamericana apoyó en los años 80 la estrategia republicana de reafirmar la posición de potencia de los Estados Unidos. Esta estrategia se basó en la sobrevaluación del dólar, que financia el reinicio de la carrera armamentista y la segunda guerra fría. Esto permitió a los Estados Unidos volver a crecer por encima del promedio de la economía mundial y poner en práctica una fuerte ofensiva ideológica y militar. Sin embargo, esa ofensiva envolvió enormes contradicciones. La diplomacia del dólar fuerte sufrió su primer golpe con la brutal expansión de la deuda pública, que fue la base de los déficit en la cuenta corriente. Los republicanos se vieron obligados a abandonar las iniciativas unilaterales en el plano económico y a buscar soluciones coordinadas que se materializaron en el acuerdo del Plaza, donde se negoció la devaluación del dólar frente al yen y al marco. Guerrerismo y bienestar entraron en contradicción, y ese proceso culminó con la crisis económica y la derrota electoral republicana
En un interesante escrito de Mario Diament, publicado en el Diario la Nación de Buenos Aires, Argentina sobre la realidad de Estados Unidos, comenta, Está llegando a su fin la era imperial norteamericana? ¿Estamos presenciando la decadencia de la hegemonía de los Estados Unidos? En la gama que va de la especulación a la certeza, la profecía ha tenido varias vidas. Ya en 1918, el filósofo alemán Oswald Spengler advertía sobre el inexorable ocaso de la civilización occidental en La decadencia de Occidente, un tema que retomó la historiadora Barbara Tuchman, en 1984, en La marcha de la locura: de Troya a Vietnam, en el que analizaba la tendencia de los grandes poderes a crear las condiciones de su propia destrucción.
En 1987, el prestigioso historiador de la Universidad de Yale, Paul Kennedy, pronosticaba el fin del imperio norteamericano en Ascenso y caída de los grandes poderes, sin sospechar que apenas cuatro años más tarde, la que se derrumbaría sería la Unión Soviética. Más recientemente, libros como La teocracia norteamericana, de Kevin Phillips, o El siglo norteamericano, de Donald W. White, formulaban sombríos augurios del mismo tenor.
En El mundo posnorteamericano, que acaba de aparecer, Fareed Zakaria, director de la edición internacional de Newsweek, columnista nacido en Bombay, explora los síntomas de la erosión estadounidense, pero llega a conclusiones diferentes.
"En términos político-militares -escribe- los Estados Unidos continuarán siendo un superpoder, pero en todas las restantes dimensiones, industrial, económica, educativa, social y cultural, la distribución de poder está cambiando y se aleja del dominio norteamericano." Zakaria aporta ejemplos reveladores sobre la decreciente preeminencia de los Estados Unidos en una variedad de rubros y la emergente importancia del resto del mundo.
El edificio más alto del planeta no está en Nueva York, Chicago o Los Ángeles, sino en Taipei y pronto estará en Dubai. La mayor compañía que cotiza en Bolsa está en Pekín. La refinería más grande del mundo esta siendo construida en la India. El avión de pasajeros más grande del mundo será de manufactura europea. El mayor fondo de inversiones se encuentra en Abu Dhabi.
La industria cinematográfica más grande es Bollywood, no Hollywood. La mayor rueda de vuelta al mundo se encuentra en Singapur. El casino más grande está en Macao, ciudad que superó a Las Vegas en ingresos por juego el año pasado.
Los Estados Unidos ni siquiera dominan en su deporte favorito, el shopping. El Mall de las Américas, en Minnesota, que años atrás presumía de ser el mayor del mundo, no figura hoy ni entre los diez primeros.
Qué sucedió? Según Zakaria, estamos en medio del tercer cambio de poder tectónico de los últimos 500 años: el primero fue el ascenso de Occidente, alrededor del siglo XV, que produjo las grandes revoluciones científicas, agrícolas e industriales; el segundo fue la emergencia de los Estados Unidos, a fines del siglo XIX, que una vez industrializada se convirtió en la nación más poderosa del planeta, y el tercero es lo que denomina "el ascenso del resto", con China y la India convertidos en los poderes dominantes dentro de su esfera y hasta fuera de ella, Rusia tratando de hacerse agresivamente de un lugar y Europa actuando con "inmensa fuerza y propósito" en la economía.
El mundo posnorteamericano puede parecer desconcertante para los norteamericanos, pero Zakaria piensa que no hay razón para preocuparse. "Este no será un mundo definido por el ocaso de los Estados Unidos -escribe-, sino por el ascenso de todos los demás."
Su mirada sobre la crisis alimentaria, el desbarajuste económico, el terrorismo y el incremento del nacionalismo en las economías emergentes resulta benevolente frente a su entusiasmo por los efectos de la economía globalizada que, según afirma, ha permitido que miles de millones de personas escaparan de la pobreza más abyecta.
Para Zakaria, el "arma secreta" de los Estados Unidos es la inmigración. "Los estudiantes extranjeros y los inmigrantes constituyen más del 50% de los investigadores científicos del país", escribe. "Para 2010, el 75% de todos los doctorados en ciencia recaerá sobre estudiantes extranjeros." Esta concentración de talento internacional y la capacidad de la sociedad norteamericana por absorber culturas, ideas, bienes y servicios foráneos constituyen para Zakaria la razón de su indeclinable fortaleza. Frente a tanto predicador del Apocalipsis, El mundo posnorteamericano es un libro inteligente, sensato y provocativo. Pero la evolución del mundo tiene la curiosa habilidad de refutar los oráculos. El cuento del visitante de la máquina del tiempo que pisa por error el ala de una mariposa y cambia la historia del mundo es una advertencia siempre actual sobre la volatilidad de los intentos de descifrar el futuro.
Lo cierto, que ante esta realidad comenta Carlos Eduardo Martins, hay que estar atento en el nuevo período que se avecina, dado a que los proyectos de mantenimiento del capitalismo histórico buscarán articular, desde el poder hegemónico, un conjunto de fuerzas oligárquicas bajo formas cada vez más fascistas. Esto queda claro en las reacciones del gobierno de Bush ante el atentado del 11 de septiembre. Buscó aprobar en los Estados Unidos y en la Unión Europea un conjunto de políticas que permiten un amplio conjunto de violaciones a los derechos individuales, principalmente de los extranjeros e inmigrantes, poniendo en riesgo su integridad física. No se trata aún de la imposición de un régimen fascista, pero sí ciertamente de una ofensiva ideológica que busca la implementación de políticas fascistas. El proyecto fascista difícilmente tendrá éxito en imponer un nuevo orden que sustituya al moderno sistema mundial, pues tiene un carácter reaccionario y busca negar mediante la violencia a las fuerzas centrífugas que el caos tiende a establecer. Sin embargo, existe el peligro de que se convierta en un obstáculo para la imposición del proyecto de civilización planetaria. En este caso, el caos tendería a profundizarse y la humanidad sucumbiría en un proceso de choques brutales entre las fuerzas antiimperialistas, incapaces de reconducir al sistema mundial a un nivel superior, y las fuerzas fascistas, incapaces de restablecer alguna forma de orden.
Frente a esta posibilidad, hay que imponer el proyecto de una nueva civilización planetaria. Este se basaría en una democratización radical de las organizaciones políticas internacionales y en la garantía a todos los pueblos de sus derechos económicos, sociales, políticos y culturales fundamentales, eliminando la apropiación oligárquica de las riquezas producidas por la humanidad. Su fundamento será la realización del individuo social imaginado por Marx en los Grundrisse. Individuo este marcado por la libertad de apropiarse de las fuerzas productivas generadas por el hombre y para relacionarse socialmente. Un proyecto de este tipo deberá basarse en la alianza de los pueblos de la periferia, de la semiperiferia y de los países centrales contra la superexplotación, la guerra y la barbarie fascista que amenazan la supervivencia en el planeta de la humanidad y de las variadas formas de vida.
